Escuela secundaria y participación política ¿Qué hay de nuevo?

*Myriam Southwell

En el último tiempo, hemos asistido a discusiones públicas sobre el lugar de la política en la escuela. Hubo cuestionamientos sobre las tomas de escuelas, las protestas estudiantiles y la inclusión de debates políticos incluso se avanzó de manera inédita sobre la penalización y judicializaciónde de los y las jóvenes que participaban en ellas. Así, a aquellxs a los que se lxs debe proteger y garantizar una buena formación, y que plantearon que quieren aportar y no estar al margen de la transformación de la formación que les está destinada, y lo hicieron con una gran capacidad argumentativa, se les respondió penalizándolos legalmente.  La polémica nos alienta a re-pensar la escuela y la formación política en estos tiempos, en sus diferentes sentidos y manifestaciones.

Hay quienes pregonan la neutralidad, y hay quienes cuestionan a los jóvenes por apatía e individualismo, que son «menos participativos y con menos inquietudes políticas» de lo que los adultos creemos recordar que fuimos. Las instituciones educativas, al igual que otros espacios, producen una trama política, es decir, un conjunto de relaciones establecidas en las cuales las personas interactuan, ponen en juego sus perspectivas, modos de crear, limitaciones, valores, capacidades discursivas y persuasivas; es decir, se trata de instituciones inherentemente políticas. La disímil importancia otorgada en cada escuela al tratamiento de los conflictos, a la disculación de la palabra y la disidencia, así como la disposición de lugares físicos para el encuentro y la sociabilidad, producen diferentes experiencias de las y los jóvenes con lo político. En el caso de las tomas de este año en la ciudad de Buenos Aires, una (falta) de reciprocidad y (falta) de reconocimiento se visualizó en el hecho de haberlos dejado bastante solos con un problema que impacta sobre la sociedad toda y castigarlos juridicamente por parte del Ministerio de Educación de CABA. Lxs adultxs de la relación generaron una experiencia política deficitaria.

Debe decirse que la participación estudiantil en secundaria no es una manifestación reciente, ni tampoco un fenómeno de la segunda mitad del siglo XX, ni siquiera en la década del 40; pueden recordarse movimientos de estudiantes secundarios ya desde comienzo del siglo XX, suscitados por reformas educacionales o por instancias de revisión de la organización escolar. La formación política fue constitutiva de la secundaria desde sus orígenes. Miguel Cané, Ernesto Sábato, Florencio Escardó, René Favaloro, entre otros, son grandes cronistas de estudiantinas que exigen una lectura política. A la acción de esos movimientos estudiantiles se les debe algunos de los pasos democratizadores que han dado los sistemas educacionales, como la Reforma Universitaria, el cuestionamiento el elitismo (por ejemplo, cuando en la década de 1920 se llevaron adelante tomas y manifestaciones de colegios de la ciudad de Buenos Aires frente a las propuestas de reformas curriculares) y a las formas de disciplina que iban a contrapelo con la vida contemporánea.

En el caso de los estudiantes secundarios de 2017, se les debe el impulso para que la sociedad esté discutiendo que es negativo acortar la formación dentro de la escuela para incluirse tempranamente en empleos inciertos, y que contribuiría fuertemente a la desigualdad la medida -inédita en nuestra historia- de establecer este cambio como obligatorio para las escuelas públicas y opcional para las privadas.

Frecuentemente, hablar de participación estudiantil remite a imágenes míticas de los años 60 y 70, cuando ella implicaba que lo colectivo eclipsaba lo individual. No hay una identificación similar con los ´’80s y ´90s, subsumidos —injustamente— bajo la caracterización de desmovilización y tenue implicación política, cuando en realidad tuvieron también significativas contiendas por transformaciones educativas y resistencia hacia los resabios de la dictadura y el ajuste. Pero aquella valoración de la movilización estudiantil se rigidiza cuando adquiere forma de identidades muy novedosas -desafiantes, o sea, políticas-, expresiones desconocidas para las generaciones anteriores. El filósofo Jacques Rancière plantea que quienes participaron del mayo del 68 francés decían a las nuevas generaciones: «no intentéis de nuevo, como nosotros, querer hacer la revolución» y también «nuestra revolución es diferente de vuestro miserable movimiento reformista». Allí la herencia, más que habilitar, aleja.

Los jóvenes de hoy, como los de ayer, no desertan de la esfera pública, por el contrario, participan de una manera renovada que les es propia. Se organizan a través de vínculos asamblearios, muchas veces regidos por la horizontalidad (se registran incluso listas «horizontales» para las elecciones estudiantiles), y existe resistencia a ser captados por posiciones dogmáticas («los que se ponen el cassette», expresan). Hay una crítica a una idea tradicional de comunidad, pero, hay una nueva comunidad, surgida —como las demás— de una experiencia en común y de haber atravesado situaciones de no poca intensidad. Vivencias en un tiempo diferente, con formas y resultados también distintos. Lo sólido se desvanece, pero abre paso a múltiples experiencias.

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Un comentario sobre “Escuela secundaria y participación política ¿Qué hay de nuevo?

  1. Con la organización de su pedagogía, nos dicen incesantemente, en nombre del sacrosanto realismo: «Eso es lo que eres. Eso es lo que has de hacer». Ahora bien: aprender es precisamente, burlar los pronósticos de todos los profetas y las predicciones de todos aquellos que quieren nuestro bien y dicen conocer nuestro verdadero modo de ser. Aprender es atreverse a subvertir nuestro “verdadero modo de ser”; es un acto de rebeldía contra todos los fatalismos y todos los aprisionamientos, es la afirmación de una libertad que permite a un ser desbordarse a sí mismo. Aprender, en el fondo, es “hacerse obra de uno mismo”.

    Meirieu, Philippe: Frankenstein educador, pág. 80

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